Independientemente de la sensación de apego constante hacia un entorno más o menos estructurado con las bases bien repartidas entre quien entra en tu casa, hasta la cocina y quien se queda en el telefonillo picando sin encontrar respuesta, a menos que necesite algo de él o ella, la necesidad imperiosa de relacionarse entre seres humanos queda en un -qué dirán de mí si me ven aquí, sentado en un sofá de sky, con la luz tenue amarillenta que da la lámpara heredada de mi querida abuela alumbrando una pequeña habitación llena de (como no) videojuegos, un vaso de whiskey y una televisión de 56 pulgadas deleitándome con mi videojuego favorito.

Solo de pensar que la sociedad pudiera enterarse de mis rarezas, se me pone un nudo en el estómago imaginando que, en cualquier momento, la benemérita pudiera entrar por la puerta de mi casa y al grito de ¡Alto! Está jugando a una de esas cosas que causa adición y destroza familias” me llevaran detenido y, acto seguido, al programa de Ana Rosa a contar como los videojuegos destrozaron mi vida.

Afortunadamente no estoy tarado (por lo menos no directamente relacionado con los videojuegos) ni tampoco he arruinado a mi familia pagando quien sabe qué cosas que me obliga a consumir un avatar virtual. Que va, es más, me considero un tío bastante sanote, algo extraño ya que pertenezco a esa “tribu urbana” que se pasa (según la sociedad) comiendo hamburguesas y pizzas frente a una pantalla.

Conexiones y desconexiones

Digamos que, a medida que las nuevas tecnologías se introducen en nuestras vidas, la parte de la sociedad más conservadora, más miedo tiene a “los cacharros del futuro”. El miedo hace prejuzgar y tener la sensación de que debe estar alerta constantemente antes de que los “robotes” nos quiten el trabajo y nos conviertan en obesos sedentarios con un cerebro algo mas pequeño que una nuez de California.

Supongo que, cuando fueron con sus hijos, nietos o sobrinos al cine a ver Wall-E, el escalofrío que sintieron al revelarse ante sus ojos como una sociedad había perdido toda la capacidad de utilidad y había delegado tareas a los androides debía ser proporcional a la dentera que nos produce a todos los que estamos mas dentro de las nuevas tecnologías escuchar a alguien decir: ¡Os estáis volviendo tarados con tanta tecnología! Y, a partir de ahí, volvemos al principio. Al programa de Ana Rosa y a un muchacho jugando a un juego de ratón y teclado con un mando de Xbox One.

Pero esto va de vínculos, no de videojuegos ni cosas tecnológicas. Tú, que estás leyendo este texto y yo, independientemente de tus ideales anti tecnológicos o pro tecnológicos, ya compartimos vínculo, un punto de unión que es este texto.

Si tiro del hilo seguramente compartamos más como, por ejemplo, que ambos hemos jugado, estamos jugando o, al menos, hemos oído hablar de Death Stranding, o puede que no, puede que, simplemente hayas entrado a leer este texto por simple curiosidad, porque apareció en tu “time line” de Twitter o puede, incluso, que no tengas Twitter, pero tu sobrino, primo, o cuñado ha decidido pasarte este texto.

Qué más da. Estar leyendo esto, ya es un vínculo, al fin y al cabo, tengo la sensación de que todos tenemos más cosas que nos unen que las que nos separan.

A Hideo Kojima link

Sam Porter Bridge es el encargado de conectarnos y Hideo Kojima es el salvoconducto que nos ha creado un mundo para hacerlo. Un mundo fuera de prejuicios, fuera de odios y fuera polémicas externas de que Death Stranding sea un juego de diez o de cero. Dentro de los UCA (United Cities of America) no existe el estar uno por encima del otro y eso es precioso. ¿Necesitas una escalera? Pídela, seguro que alguien te da la suya.

Death Stranding 04

Como digo, estamos obsesionados, como seres humanos, en relacionarnos con los demás. El comparar el universo de Death Stranding como un Facebook a lo grande es licito. El juego nos transporta a una red social donde cada acción que efectuamos puede ser contabilizada con “Likes”. Likes sin esperar nada a cambio pero que miden la huella que estamos dejando en el universo del videojuego. Likes que, en términos coloquiales, nos dan el número de la gente que, por lo menos, les ha servido de utilidad algo que tú has creado para ellos.  Pero, a su vez, estamos deseando, inconscientemente, disfrutar de la sensación de soledad.

Hace poco descubrí una fotografía en Instagram (Otra aplicación del demonio que nos hace depender de la aprobación de los demás contabilizando la popularidad a través del número de “me gusta” que tiene una foto como si una droga se tratase bla bla bla…) que refleja muy bien esa contradicción.

La foto ponía dos épocas enfrentadas, por un lado, la “época de la gente consumida por las nuevas tecnologías” y por otro “la época donde les faltaba tiempo para relacionarse unos con otros”. En la fotografía de la época tecnológica nos encontrábamos a varios jóvenes con la mirada puesta en sus smartphones, sin hablar los unos con los otros.

Sin embargo, en la fotografía donde, supuestamente, estaban en la época donde todos se relacionaban con todos, nos encontramos a una serie de personas con la cabeza agachada leyendo, como si no existiera nadie más, un periódico.

¿Qué diferencia hay entre una generación y otra? Ninguna pero, sin embargo, ¿Qué vínculos comparten una con otra? La necesidad de soledad siendo conscientes de estar en un mundo lleno de gente con la que socializar.

Nuestro propio Death Stranding

No existe mucha diferencia entre el mundo real y el mundo que nos plantea Kojima en Death Stranding.

Sam Porter Bridges está solo, cargando durante largos kilómetros el peso de sus propias responsabilidades pero, en el fondo sabe (sabemos) que, en el momento de necesitar ayuda, basta con pedirla para que, en un abrir y cerrar de ojos alguien, en alguna parte del mundo, esté viviendo su aventura y piense en dejarte, sin pedir nada a cambio, esa escalera que puedas necesitar. Esa mano que necesitas tomar.

Death Stranding 08

Ese vínculo que Hideo Kojima nos ha ofrecido para que, durante el tiempo que permanezcamos en su mundo nos fijemos mas en lo que nos une que en lo que nos separa.

Un mundo que rechaza la violencia, un mundo que, por circunstancias de la vida, necesita ser reconectado.