Se acercan los reyes y, con estas fechas tan señaladas, la posibilidad de incrementar aún más nuestra "juegoteca".
Ricos y jugosos juegos para estrenar, pero ¿qué ocurre?
A veces se quedan en un cajón durante largo tiempo, incluso sin desprecintar; otras, aún peor, se pierden en la marea de nuestra biblioteca digital.
¿Por qué ya no jugamos con verdadera adicción de la buena, de esa que te hacía volver a casa ilusionado por encender la consola?
Si estás en esta situación, bienvenido a la edad adulta amigo, donde sencillamente cada vez menos cosas te sorprenden, y los videojuegos no son una excepción.
A veces pienso en cuando era un niño, en la época de los 8 bits, luego los 16, después el salto a las 3D... poco a poco ibas madurando, pero los juegos te fascinaban indistintamente.
Ahora recuerdo algunos títulos del pasado y me maravillo de que, con cuatro sprites y unas mecánicas de lo más sencillas, nuestro cerebro rellenara los huecos, haciéndonos vivir verdaderas aventuras. Yo al menos con ver cualquier cosa en una pantalla y sentir que interactuaba desde los mandos ya flipaba.
El otro día veía un vídeo en Youtube donde un chaval trataba de explicar esta especie de apatía y falta de ilusión ante los videojuegos, que por cierto a algunas personas les hace cambiar de hobby con los años.
Decía el youtuber que muchas veces jugamos por inercia, por no tener otra cosa que hacer, en plan repanchingarse en el sofá, encender la tele y ponerse a hacer algo mecánico.
Estoy de acuerdo, pero sólo en parte. Pienso que esto ocurre con los títulos concebidos para enganchar, pero en el mal sentido. Juegos gratuitos llenos de micropagos y de temporadas que funcionan más bien como una droga de la que cada vez necesitas más dosis para sentir algo.
Hay un tipo de apatía mucho peor, que no depende de los estímulos de dopamina: es aquella por la que cada juego te parece igual al anterior, y por mucho empeño que le pongas no consigues reconectar con esa ilusión de antaño.
Volviendo al vídeo de YouTube, uno de los comentarios era de un chaval que, habiéndose montado un PC gamer, se la pasaba viendo precisamente vídeos. Yo mismo uso la app de YouTube más de lo que quisiera en mi PS5.
El problema
¿Qué está pasando aquí? En mi opinión hay tres posibles explicaciones, y puede que todas sean ciertas:
1. Nos hemos mal acostumbrado a las súper producciones
Esta parece la razón menos probable, pero igualmente todos hemos sentido ese bajón tras pasar de un juegazo a uno del montón. La decepción puede ser puramente técnica, pero a eso te acostumbras rápido.
Lo malo es cuando vienes de jugar a, por ejemplo, Elden Ring o The Last of Us 2, y pasas a experiencias más mundanas. No es que sean malas, es que a su lado parecen un juego de niños, nunca mejor dicho.
Hay una diferencia abrumadora entre unos desarrollos y otros. Diera la impresión de que cuando un juegazo sube aún más el listón, de alguna forma esperas al siguiente que lo alcance, y por el camino todo parece gris.
2. El móvil nos está sorbiendo los sesos
Si eres muy joven y has tenido la mala suerte de destetarte entre pantallazos, sencillamente no puedes entender esto, lo cual de por sí ya es revelador.
Los móviles son una herramienta indispensable donde, sin embargo, cada vez más se están infiltrando aplicaciones diseñadas y concebidas para mantenerte enganchado, y hacerte entrar una y otra vez en busca de estímulos que van directos al hipotálamo. Nadie está a salvo.
Cuando no recibimos la dosis, algo nos falta. Caminas apenas 10 metros tras guardar el móvil e instintivamente tu mano vuelve al bolsillo.
En estas condiciones no es de extrañar que un juego "tradicional", pero incluso una película o un libro, parezcan algo que requiere demasiado tiempo y atención como para merecer la pena.
3. Los años no pasan en balde
Según vas cumpliendo años te das cuenta de que sigues siendo exactamente la misma persona, con la misma personalidad, las mismas virtudes y defectos, y probablemente los mismos hobbies.
Salvo circunstancias que te roben tiempo, lo normal es que conserves tus aficiones, pero hay un factor determinante: empiezas a tener la sensación de haberlo visto todo, y eso incluye los videojuegos.
Con 20 años flipas con muchas cosas, con 40 con muy pocas, y a partir de los 60 no quiero ni pensarlo.
Uno de los motivos por los que yo defiendo activamente la realidad virtual es porque me ha devuelto esa ilusión de la niñez, pero hablando de juegos tradicionales empiezan a parecer más de lo mismo.
¿La solución?
Dicho lo cual, vayamos a lo práctico: ¿en estas fechas te regalan juegos que pasan a amontonarse? Peor aún, ¿los compras pensando que así los jugarás algún día que nunca llega?
Desde mi humilde opinión y por lo que he aprendido, aconsejo tres vías de acción para hacer frente a los tres problemas que he enumerado antes. A saber:
1. Elige bien los géneros
Olvídate totalmente de que este o ese título es un must have aclamado por usuarios y prensa. En su lugar, piensa en tus gustos.
Si te llama el género y por tanto la propuesta jugable, bien. Si sabes, porque lo sabes, que no te va ese rollo, ignóralo completamente al margen de Metacritic.
Por ejemplo, yo disfruto de casi cualquier soulslike o metroidvania, y por el contrario me han dejado de interesar completamente los juegos de lucha y las típicas japonesadas con personajes arquetípicos.
Como decía Heráclito: todo fluye, nada permanece. Mientras nos molen los benditos videojuegos, es incluso sano ir cambiando de géneros. Pero no intentes jugar a algo que no te gusta, o corres el riesgo de estancarte.
2. No compres por comprar
A menudo esperamos a ofertas para comprar gangas. En el mercado de los PC esto es si cabe más evidente, con bundles enteros vendidos a perra gorda.
Sé que esto va a ser difícil de asimilar, pero disfrutas mucho más de cualquier cosa si te ha costado conseguirla.
Si, tras elegirlo bien, inviertes 40 euros en un solo juego, ten la seguridad de que le vas a sacar mucho más jugo que si compras cuatro juegos por 10 euros.
No hay nada más desalentador que esas bibliotecas monstruosas de Steam para acabar jugando a apenas un 10% de lo que has comprado.
En el caso de los juegos en físico todavía tienes la cosa de verlos ahí a los pobres, en la estantería, pero si encima has comprado una licencia digital pensando que esto te va a impulsar a jugar, es posible que consigas el efecto contrario.
No es raro quedarse mirando entre múltiples opciones, sin saber realmente cuál elegir, e igualmente no es extraño abandonar un juego a medias porque tienes otros pendientes. Al final no juegas realmente a nada.
3. Olvídate del móvil y de juegos como servicio
Esta última es, ni más ni menos, tan chunga como desintoxicarse de cualquier droga.
A ver si eres capaz de desinstalar Instagram, TikTok y demás redes del móvil. Parece una tontería, pero oblígate a verlas en todo caso desde un ordenador que tengas que encender.
Reduce el consumo de juegos como servicio pensados para enganchar, y no digamos ya si son de móvil. Estos últimos prohibidos, como suena.
Puede que pasado un tiempo en el que aparentemente nos falte algo y nos muramos de aburrimiento, se haga la magia: de pronto el interés por un juego tradicional es mucho mayor y volvemos a disfrutarlo.
Recapitulando
En definitiva yo no soy psicólogo, sociólogo ni nadie más capacitado que un simple jugón que, con los años, necesita encontrar estímulos para jugar.
Aún así, como os pasará a muchos, tengo claro que este es el mejor hobby del mundo y el que me ha permitido literalmente soñar despierto.
Tal vez siguiendo mis consejos, que intento aplicarme a mí mimso, vosotros también podáis reconectar con el gusto por jugar.

















